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  Las Ventajas de Ser Tibio
 

Las Ventajas de Ser Tibio



Desde hace poco más de un siglo y medio, los profesos cristianos han descubierto una notable variante en la conducta cristiana: la tibieza. A decir verdad, la tibieza posee muchísimas ventajas, y aquellos que la practican bien pueden sentirse orgullosos de su tibieza.

En primer lugar, el tibio es ciego (Ap. 3: 17), él no ve la enorme gravedad de sus pecados ni de sus defectos de carácter, porque cierra sus ojos para no ver y sus oídos para no oír, de manera tal que logra acallar en buena medida la voz de su conciencia, hasta sentirse feliz de ser como es, y así se ahorra muchos sentimientos de culpa y humillación. Gracias a su ceguera voluntaria, él ha superado todos esos sentimientos molestos, que amenazan dañar su autoestima y le obligarían a hacer cambios difíciles en su vida.

El tibio evita llevar su religión al extremo de la fidelidad completa, con lo cual evita llamar la atención de los demás y consigue así no ser perseguido por causa de su fe (2ª Tim 3:12). Conforta su corazón con la idea de que aún no es el tiempo de la persecución, y que no debe adelantarla, con lo cual siente que es su deber seguir viviendo una religión tibia, y no caliente, pues así despertaría mucha oposición, sería tildado de fanático, perdería muchas amistades, tal vez hasta su trabajo, y no es cuestión de pagar un precio tan alto por algo tan simple como la religión. Un Dios de amor, piensa el tibio, no pediría tanto de sus hijos, por lo tanto sigamos así, que vamos bien.

El tibio lee de vez en cuando la Biblia, pero no mucho, pues él sabe que los que la leen mucho se vuelven locos. Prefiere leer libros tibios que relaten lindas historias y enseñen algún moralismo tibio, que no exija mucha concentración de su parte ni que hable mal de sus pecados favoritos, porque para preocupaciones ya tiene suficiente con las que le trae el diario vivir.

Otra gran ventaja del tibio, es su capacidad de interpretar la Biblia superficialmente, lo que le permite hacerla tan flexible como le convenga. Así, ante circunstancias similares, aplicará uno u otro texto, según sus intereses. Por ejemplo, el tibio tomará 2ª Juan 10, y lo aplicará con mano de hierro contra aquél que él considere un fanático, o alguien que reprende los pecados de la iglesia. Lo dejará afuera de su casa, no importa si el pobre sólo venía a pedir un techo para cobijarse una noche. En cambio, acogerá con los brazos abiertos a los peores mafiosos de la religión, que él bien sabe que pululan en las instituciones tibias, porque eso le conviene a sus intereses materiales, y de paso le puede traer elogios desde el púlpito. Entonces usará para justificarse la idea bíblica de “¿y quién soy yo para juzgar a un líder puesto por Dios?”.

Sin duda, si el tibio viviese en los días de Cristo, no dudaría en tildar a Jesús de disidente fanático y promotor de divisiones en la iglesia, y tomaría partido por Caifás, ya que ése era el líder puesto por Dios, y si Caifás fuese el malo, razonaría el tibio, Dios lo quitaría de su puesto. Si Dios no le saca el puesto, es prueba de que es un buen líder. Así el tibio viene a ser un hábil político que puede convivir en paz con sus semejantes, en especial con sus líderes, a quienes acatará ciegamente por temor a perder alguna cosa: el trabajo en la obra, el cargo en la iglesia, la membrecía, amistades, reputación, etc. El tibio canta el sábado en la iglesia: 

“Yo seré siempre fiel a la cruz de Jesús, su oprobio con él llevaré”, pero no está dispuesto a llevar ninguna cruz ni a soportar oprobio alguno por Jesús. Y aún así su corazón descansa en calma. ¡Admirable capacidad la del tibio!

Como predicadores, los tibios son excelentes para evitar ofender a los hermanos de la iglesia. Ellos saben entretener al pueblo con lindos sermones que le hagan sentir bien y le proporcionen algún alivio a la conciencia inquieta. Un tibio jamás predicará fuerte, él no quiere chocar a nadie, no llamará al pecado por su nombre ni lo denunciará desde el púlpito, porque sabe que así correría a la gente de la iglesia, asustaría a muchos, provocaría un zarandeo y reduciría drásticamente la entrada de los diezmos, poniendo así en peligro la sagrada institución. Además, él sabe bien que antes de que esto acontezca, su voz sería silenciada y no podría subir más a un púlpito. Entonces, prefiere seguir predicando tibiamente, para no tener problemas con los de arriba. Después de todo él no es Jesús para predicar como Jesús lo haría, ni quiere ser Juan el bautista para perder la cabeza por decir la verdad. Así muestra claramente que Jesús no vive en él. A un predicador tibio jamás le pasará lo que le pasó a Jesús en Nazaret (S. Lucas 4: 23 – 30).

Para el hombre tibio, el fiel es un fanático, y él es una persona equilibrada. Y como él hace del equilibrio un principio en su vida, pone un poco de todo en ella: un poquito de Biblia, un poco más de televisión, otro poco de deportes, un poquitito de obras buenas, otro poco de carne y otros pecaditos, etc., porque hay que ser equilibrado y evitar los extremos, ya que todos los extremos son malos. La pureza para él es mala, porque es un extremo.

El tibio es un caballero, él goza de la estima y el respeto del mundo, porque no le impone a nadie su religión. Como es un poco más respetuoso que los mundanos y evita sus pecados groseros, consigue vivir en paz con sus vecinos y ser bien estimado por ellos. A él no le importa si sus vecinos están sin Cristo y yendo rumbo a la perdición eterna, para el tibio lo más importante es no chocar con nadie y evitar que lo consideren un fanático; por lo tanto, si alguna vez hace algún tipo de obra misionera, lo hará en forma tibia, sin fervor ni honda preocupación por las almas perdidas de sus prójimos. En realidad, él mismo no conoce a Cristo, por lo tanto, ¿qué puede transmitir, sino una filosofía vacía y moralista de la vida?

El tibio será comprensivo con aquellos que, según él, no pueden guardar el sábado, y promoverá abrir la iglesia en Domingo para aquellas pobres almas que no pueden dejar de trabajar en el séptimo día, (como si no hubiese poder en Dios para resolver el problema del que le entrega todo a él). Así él muestra su buen corazón y sus brazos abiertos hacia los pecadores.

El tibio dirá que cree en los escritos de Elena de White, pero no los leerá, porque “primero está la Biblia”, (que tampoco la lee, o casi nada). En realidad, le molestan los escritos de Elena de White, preferiría que no existiesen, porque lo dejan inquieto y sin excusa, entonces no querrá leer ni oír sus punzantes declaraciones, a menos que las pueda usar para justificar su conducta. ¡Qué sabiduría la del tibio!

Sí, tú me dirás, pero el tibio es en realidad un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo, pero como eso él NO LO SABE, NI LO QUIERE SABER.

Anda por la vida muy tranquilo, disfrutando de una calma asombrosa, y de todos los beneficios de la obra y de la estructura de la iglesia. Ha desarrollado una capacidad para librarse de todo sentimiento de culpa realmente llamativa, digna de estudio. Sus tretas mentales para el autoengaño han sido altamente perfeccionadas, y su secreto está en que ha cerrado firmemente la puerta de su corazón a Jesús, porque sabe bien que si Jesús entrase, le diría cosas que él no quiere oír, le pediría lo que él no está dispuesto a hacer, y lo haría sentir muy incómodo y humillado. Por lo tanto, él prefiere que Jesús se quede afuera, a la puerta y llamando, hasta que un día se canse de llamar y lo deje tranquilo para siempre. . .

El problema es que Jesús le pide que compre de él algunas cosas a un precio muy caro, que él no está dispuesto a pagar. Oro refinado en fuego, vestiduras blancas para vestirse, colirio para los ojos, son muy costosos para él; comprar todo eso sería un enorme sacrificio, y no vale la pena gastar tanto en cosas que no traerán ningún provecho mundanal.

Hasta algunos años atrás, Jesús se subía al púlpito de vez en cuando y le decía cosas que lo dejaban triste, pero ahora se han tomado las medidas necesarias para que Jesús no suba más al púlpito, ya que los sermones deben decir cosas que no molesten más a los tibios, y le permitan seguir viviendo en calma y aportando sus diezmos a la sagrada institución.

En fin, la lista de las ventajas del tibio podría ser muy extensa, aquí sólo damos un breve resumen. Pero hay un problema, y es que tiene algunas desventajas. La peor de ellas, es que, en su condición de tibieza, en realidad está perdido, y a menos que se arrepienta y cambie drásticamente de vida, experimentando una profunda conversión, la ruina eterna será su destino inevitable.

Y además tiene muchos problemas de esta vida. No le es posible retener sus buenos rasgos de carácter, sino que va perdiendo poco a poco lo que hay de bueno en él, como dice Jesús: “Porque a cualquiera que tiene, le será dado, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.” (Mateo 13: 12).

Por eso es que su carácter empeora de continuo, y lo siente agudamente en su hogar, ya que su matrimonio va de mal en peor, y ni qué decir de la educación de sus hijos.

De vez en cuando, sobre todo cuando se queda solo, una voz le habla al corazón y se da cuenta de que le falta algo, de que en realidad no tiene paz con Dios, y que es inútil seguir engañándose. Pero sabe bien que si comienza una reforma total, tendrá que enfrentarse, primeramente, contra sí mismo, contra sus gustos y sus serios defectos, pero además, contra la iglesia entera, tal vez contra la familia también; sabe que será tildado de fanático y pronto se verá aislado de casi todos, y eso es demasiado, ya que no tolera la idea de verse separado de todo lo que lo hace feliz en la vida. Jesús, razona el tibio, no alcanzará a llenar el vacío doloroso que le produciría semejante renuncia. Su círculo de amados valen más para él que Jesús y la vida eterna. Porque el tibio ama mucho más la gloria de los hombres que la gloria de Dios (S. Juan 12: 43)

Tal vez te haya parecido que esta descripción del tibio no fue muy agradable, pero si eres una persona sincera, sabrás que esto es la verdad. También estarás oyendo una voz que te estará diciendo que no hay problema, que eres rico, que te has enriquecido, y que de ninguna cosa tienes necesidad. No oigas más esa voz. Oye en cambio la de Jesús, que vuelve a llamar a la puerta de tu corazón. Querido hermano tibio, el mayor engaño en el que estás es que crees que la vida eterna se puede conseguir a un precio muy bajo. No concibes, o no quieres concebir, que Dios pide mucho, mucho más de ti de lo que hasta ahora le has dado. Crees que eso es fanatismo, pero en realidad no es sino fidelidad, ser como Jesús, nuestro ejemplo, que fue fiel hasta la muerte.

 

“La condición para alcanzar la vida eterna es ahora exactamente la misma de siempre, tal cual era en el paraíso antes de la caída de nuestros primeros padres: la perfecta obediencia a la ley de Dios, la perfecta justicia. Si la vida eterna se concediera con alguna condición inferior a ésta, peligraría la felicidad de todo el universo. Se le abriría la puerta al pecado con todo su séquito de dolor y miseria para siempre.” (El Camino a Cristo, pp. 61, 62)

 

“La obra que consiste en podarnos y purificarnos para el cielo, es una obra grande y nos costará mucho sufrimiento y prueba, porque nuestra voluntad no quiere sujetarse a la de Cristo. Debemos pasar por el horno de fuego hasta que éste haya consumido la escoria y seamos purificados y reflejemos la imagen divina.” (Joyas de los Testimonios, tomo 1, p. 481)

 

“La vida eterna es de valor infinito y nos costará todo lo que tenemos. Me fue mostrado que no estimamos debidamente las cosas eternas. Todo lo que es digno de posesión, aun en este mundo, debe obtenerse mediante esfuerzo y a veces por el sacrificio más penoso. Y ello es tan sólo para obtener un tesoro perecedero. ¿Estaremos menos dispuestos a soportar conflictos y trabajos, y a hacer esfuerzos fervientes y grandes sacrificios, para obtener un tesoro que es de valor infinito y una vida que se mide con la del Infinito? ¿Puede el cielo costarnos demasiado?” (Mensajes Selectos, tomo 3, p. 146).

 

“Desear ser bondadosos y santos es rectísimo; pero si sólo llegáis hasta allí de nada os valdrá. Muchos se perderán esperando y deseando ser cristianos. No llegan al punto de dar su voluntad a Dios. No eligen ser cristianos ahora.” (El Camino a Cristo, pp. 47-48)

 

Dios los Bendiga

Jair Ochoa
 
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